2019

By diciembre 23, 2019 Columnas La Jornada

Los años suelen definirse y recordarse con una sola palabra: 1910, 1938, 1968, 1982, 1994, 2000, por mencionar sólo algunos. Crisis, transiciones y cambios imprimen su sello en el año que se cierra y pienso que 2019 no sólo no será la excepción, sino que será apasionante y desafiante a la vez. México estaba acostumbrado a un modelo de hacer política y ese modelo se agotó. La definición del nuevo modelo está en ciernes, pero lo que queda claro y resulta indiscutible es que el molde de la política es otro. La coyuntura nacional no es ajena a lo que está pasando en el mundo: en un movimiento pendular de la historia económica, el liberalismo inglés (thatcheriano) que marcó el inicio de los años 80 y fue complementario a la globalidad, a la apertura de mercados y a la caída definitiva del comunismo, ha alcanzado el punto más distante a su origen; la inercia que lo impulsó por cuatro décadas se acabó y casi por efecto gravitatorio el péndulo regresa con más fuerza al lado contrario.

Esa debe ser una de las grandes interrogantes de nuestro tiempo: ¿qué es lo opuesto en este ejercicio pendular al neoliberalismo, para sintetizarlo en un término común?, ¿hacia dónde vuelve el péndulo?, ¿las condiciones del siglo XXI son las mismas que hace 100 años permitieron la implementación de la idea comunista y socialista en una buena parte del mundo?, ¿qué sustituye al agotado modelo neoliberal, que triunfó políticamente hace 30 años sobre el también agotado modelo comunista-soviético?

La respuesta es equívoca, inacabada y ocurre ante nuestros ojos. Lo único que podemos apuntar es que hay un deseo colectivo de regresar al modelo de gobierno de la posguerra, con una participación más relevante del Estado e instituciones que garanticen seguridad social, especialmente salud y el sistema de pensiones. Sabemos también que hay una reacción alérgica a la globalidad en términos territoriales y políticos, que no podríamos tachar de nacionalismos efervescentes, sino de regionalismos exacerbados. Agravados por los flujos migratorios, el estancamiento económico, la desigualdad social y la velocidad a la que hoy se crean expectativas. La evidencia reciente –signo de este 2019, particularmente en América Latina– indica que los gobiernos tienen un margen de error mucho menor al del pasado: la capacidad de reacción social que han generado las redes y la tecnología, sumada a una insatisfacción abstracta, crónica, hacen de cualquier país estable un verdadero polvorín en cuestión de días. Bolivia, Colombia y Chile, con diferencias de contexto y razones, un contundente botón de muestra.

Todo esto nos ha llevado a tener múltiples ingredientes sociales para una receta que desconocemos. La alergia a la globalidad contrasta con la marcada dependencia –en todos los niveles de ingreso– de las personas a la tecnología, a los dispositivos y a la vida online. Así, el mundo parece recorrer dos caminos paralelos, pero en sentidos contrarios, como una carretera de doble carril. A la añoranza de la posguerra y del Estado de bienestar se suman las necesidades –y el consumismo– creadas por algoritmos a partir de datos personales y comportamiento en línea. Al regionalismo que evoca luchas del siglo XVII se añade la tecnificación de la mano de obra. La crisis del neoliberalismo coexiste con la ausencia de un modelo nuevo y los ecos de la caída de la cortina de hierro.

Sin duda 2019 marca un periodo muy singular: por un lado el final de un año que mostró signos inequívocos del agotamiento de un modelo y el alumbramiento de una nueva década, en donde se producen dos sentimientos inquietantes y a la vez contradictorios: uno es el de sentirnos privilegiados de vivir cambios profundos que marcarán a las actuales y futuras generaciones, y otro, el sentimiento de la incertidumbre angustiante de no saber qué lo sustituirá ante las manifestaciones inciertas que suelen romper lo que hoy conocemos como gobernabilidad y la seguridad de una sociedad, que si bien busca defender sus libertades en momentos, tal vez sin darse cuenta las pone en riesgo.

Pasaron muchos años para dimensionar los cambios sociales que trajo la revolución industrial para los Estados nacionales. En 2019, somos testigos presenciales de un cambio de esa magnitud histórica. El péndulo tardó 40 años en llegar a su punto más extremo, pero la evidencia indica que la velocidad a la que regresa al lado opuesto es mucho mayor, y con ello, el vértigo para la democracia y para ésta y las nuevas generaciones.

Columna publicada en La Jornada