Entendiendo al vecino

By noviembre 11, 2019 noviembre 25th, 2019 Columnas La Jornada

Estados Unidos de América fincó su hegemonía en el siglo XX a partir de la expansión de su economía, su cultura y poderío militar. En esa ecuación, el petróleo ha jugado un papel fundamental para definir qué es para ellos estratégico, qué país es relevante, qué región demanda su influencia, qué guerras hay que librar. La inconmensurable necesidad de crudo para alimentar la actividad industrial interna, llevó a Estados Unidos a todos los rincones del mundo y, en particular, a Oriente Medio. Una nación importadora neta de crudo con enorme capacidad militar, era candidata natural a participar en cada conflicto bélico que garantizara recursos energéticos. Esa ecuación está cambiando y es importante entenderlo en nuestra propia dinámica binacional.

En 2020 Estados Unidos será exportador neto de energía, a partir del crecimiento récord de la última década con del shale oil y el gas natural. Para ilustrarlo: en 2009 Estados Unidos producía 5 millones 818 mil barriles diarios; en 2019 produce 12 millones 365 mil barriles diarios. Es un salto cualitativo y el cambio de paradigma es más profundo: de acuerdo a las proyecciones de la Energy Information Administration (EIA), Estados Unidos será exportador neto de energía hasta el 2050.

En otras palabras, estamos en un punto de inflexión de la geopolítica y la historia, pues mientras que en la segunda mitad del siglo XX rebasó sus fronteras para garantizar el consumo interno, en la primera mitad del siglo XXI nuestro vecino estará buscando quién les compre energía. Con la revolución del shale oil, rebasó la autosuficiencia y será el exportador más importante de energéticos a escala global.

En ese contexto, será mucho más relevante para Washington lo que pasa cerca de casa, cruzando su frontera sur, que lo que ocurra en las áridas montañas de Afganistán. Será mucho más importante para el debate público estadunidense lo que acontezca en México, que en algún frente lejano. La ecuación energética ha hecho de nuestro país un mercado potencial de consumo más atractivo y un factor geopolítico aún más relevante.

¿Qué consecuencias directas traerá este nuevo escenario? Lo que ocurra con México atañe a la política estadounidense: ahí está el T-MEC como herramienta electoral, o la promesa de un muro fronterizo como trampa mediática. En contraste, nuestro país vive un momento delicado en materia de producción de hidrocarburos: este año se ha logrado frenar la caída en la producción a partir de una estrategia lógica de Pemex de apostar –en medio de la vigilancia estricta de calificadoras internacionales– al petróleo de campos maduros en aguas someras. En 40 años pasamos de tener un vecino deficitario en materia energética y el entonces reciente descubrimiento de Cantarell, a reservas en declive y un vecino que exporta petróleo. La moneda dio vuelta y sería ingenuo pensar que no habría consecuencias geopolíticas.

A este escenario se suma la adopción de normativas internacionales que, en el tiempo, promoverán el uso de energías limpias o incluso, de hidrocarburo con menores cantidades de azufre que el que tiene el petróleo que producimos. En suma, México debe prepararse para un vecino mucho más preocupado por las condiciones del relevante mercado que tiene bajo la frontera, y eso implica un reflector que en el año electoral 2020 solamente tenderá a agudizarse. Así que detrás de cada posicionamiento sobre migración, sobre narcotráfico o seguridad, estará la carta de la energía y la prospectiva geopolítica de Estados Unidos en los próximas tres décadas.

Columna publicada en La Jornada