Pemex: ¿hacia dónde?

By septiembre 2, 2019 Columnas La Jornada

El sector energético es –como pocos– motivo de debate y posiciones irreconciliables. Sin embargo, la coyuntura de hoy nos presenta una clara oportunidad para el consenso. Más allá de filias y fobias políticas, todos podemos coincidir en algunas premisas sobre esta empresa de todos los mexicanos:

a) Pemex debe fortalecerse y debe hacerlo rápido, pues la calificación de la deuda soberana se encuentra inevitablemente relacionada; b) robustecer financieramente a Pemex pasa por frenar la caída en la producción y eso solamente puede conseguirse dedicando esfuerzos y recursos a la explotación de pozos maduros en aguas someras; es decir, abatiendo el riesgo y minimizando costos; c) los contratos de servicios –que se han privilegiado en los 22 pozos prioritarios del Plan Nacional de Hidrocarburos– son un instrumento adecuado para lograrlo: Pemex paga al final, el financiamiento lo ponen los privados y se ha privilegiado a la industria nacional; d) la reforma constitucional que abrió al capital (y riesgo) privado, representa una oportunidad para los proyectos de mayor riesgo e inversión: existe en el marco jurídico y el entramado institucional para darle a este proceso certidumbre y transparencia; e) la participación privada en el sector energético es una realidad: tanto en la cadena de proveeduría como en los proyectos más relevantes de exploración y producción, las empresas privadas juegan un papel fundamental.

En ese marco y compartiendo esas premisas técnicas, jurídicas y financieras básicas, más allá de dogmas y resabios de disputa, la estrategia de fortalecer a Pemex a corto plazo frenando la caída en la producción, privilegiando la participación de privados nacionales en aguas someras del Golfo de México, es, sin lugar a dudas, adecuada.

Si las empresas privadas nacionales y extranjeras ganadoras de las rondas previas logran demostrar en los siguientes meses los resultados de su inversión en exploración y producción, no tengo duda de que tendrán mayores posibilidades de participar en el siguiente gran reto del sector: la reconstitución de reservas ahí, donde Pemex no puede ir sola en el riesgo y la inversión.

Está claro que el gobierno de México tiene dos objetivos fundamentales: fortalecimiento de la empresa productiva del Estado y mayor independencia en cuanto a la producción de gasolinas. La primera parte de la ecuación está clara y se navega en la dirección correcta; la segunda depende de la reestructura del entramado institucional de Pemex, de la puesta en marcha y funcionamiento de la refinería de Dos Bocas y la recuperación de la capacidad de refinación en el resto de la capacidad instalada a nivel nacional.

Disiento de quienes creen que Petróleos Mexicanos está condenada al fracaso. La clave está en los tiempos de cada estrategia: primero frenar la caída y apuntalar financieramente a Pemex para, en el resto de la administración, aprovechar el marco jurídico vigente que –dicho sea de paso– mantiene en todo momento la propiedad sobre los recursos energéticos para la nación.

Lo deseable en el pronóstico es que para el primer trimestre de 2020 habrá no sólo un freno en la caída de la producción, sino un repunte a partir de los trabajos que ya se realizan frente a las costas de Campeche y Tabasco. El ritmo de las inversiones en exploración y producción ha regresado gracias a estímulos fiscales y un plan específico, a niveles que no veíamos desde hace cuatro o cinco años, cuando hubo una tormenta perfecta entre la caída en el precio del crudo, el debilitamiento financiero de Pemex y la innegable curva de aprendizaje de la industria privada ante las nuevas instituciones autónomas y el marco jurídico; una brecha que explica, en parte, las circunstancias actuales del sector. Y digo del sector porque hoy Pemex es nuevamente el sector energético en México. Ojalá que, de cara al cierre de 2019, haya mayor interés, diálogo, apertura y compromiso de las empresas –nacionales y extranjeras– para utilizar en todo su potencial las oportunidades de inversión y negocio que el país presenta. Lejos de una visión fatalista y coyuntural, pienso que la combinación entre la clara convicción presidencial de fortalecer a Pemex y las potencialidades no explotadas a ciento por ciento del marco legal constituyen a corto, mediano y largo plazos un escenario positivo para el sector.

Seguridad energética, contenido nacional, fortalecimiento de Pemex, compartir riesgos, eficientar procesos y abatir costos; revertir paulatinamente la dependencia en la importación de petrolíferos y reactivar la proveeduría local, es algo en lo que todos podemos coincidir. Las decisiones que apunten en esa dirección serán buenas para México.

Columna publicada en La Jornada